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“Cuídate mucho de decir todo lo que sabes”.
Solón: Sentencias de los siete sabios de Grecia.
“Las cosas consagradas sólo se revelan a los hombres consagrados; está vedado revelarlas a los profanos, mientras no se hallen iniciados en los misterios del saber”.
Hipócrates: Nomos, I, 1. 8.
No debe sorprender que un psicoanalista oriente su atención hacia el tema de las sociedades secretas. No se olvide que, en último término, lo específico de la investigación psicoanalítica es la dilucidación y el des-cubrimiento de lo secreto.
Podría quizás objetarse que toda actividad científica, independientemente de su objeto, representa la incesante tentativa de descorrer el velo sobre hechos aún ignorados para incorporarlos a la esfera de nuestros conocimientos. Y que, en este sentido, todo quehacer del hombre de ciencia es, en el fondo, una permanente lucha contra los misterios de la naturaleza.
Sin embargo, hay, en realidad, una diferencia fundamental y específica entre los secretos del universo (que la ciencia investiga) y los secretos que el hombre, en función de sus mecanismos de represión y negación, crea alrededor de determinadas cosas cuyo directo conocimiento le resulta angustiante.
En el primer caso, un sector del mundo, un aspecto de la naturaleza aún ignorado, pero cognoscible, es conocido. En el otro, un hecho ligado a su vida psíquica (idea, recuerdo, fantasía) conocido y pese a ese conocimiento, negado (lo cual equivale a decir, des-conocido) es des-cubierto, o sea re-conocido. Lo des-conocido que potencialmente está (gracias al psicoanálisis y a la superación de las resistencias) en condiciones de ser re-conocido (conocido de nuevo, por un Yo que no huye sino que enfrenta) es el objeto de nuestra labor de psicoanalistas.
Esta labor no solo se realiza en el ámbito de los fenómenos de la psicopatología individual, sino que, desbordando las fronteras de la medicina, extiende sus resultados en el terreno de todas las disciplinas antropológicas.
Puede con razón el psicoanalista