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Me propongo presentar ciertos aspectos del análisis de Jim, un niño de 9 años con un déficit orgánico muy evidente * y con marcadas perturbaciones psíquicas. Intentaré demostrar la forma en que, mediante la técnica de juego, se movilizaron y elaboraron, en la transferencia, sus ansiedades vinculadas a dichas perturbaciones, así como a sus relaciones de objeto. Dicha elaboración le permitió un desarrollo intelectual y emocional más satisfactorio.
Se presentó al tratamiento un niño rubio, algo obeso, más bien alto. De movimientos lentos, caminaba encorvado, emulando en su andar al padre.
En situaciones de ansiedad, efectuaba contracciones musculares de ambas extremidades acompañadas de movimientos rítmicos de la cabeza y parte superior del cuerpo **.
Existían serias perturbaciones en su lenguaje. No sólo hablaba con lentitud, sino que a veces presentaba ecolalia o aun “ensalada de palabras”.
Aunque ambidextro, era un tanto torpe para manejar los objetos.
Su viscosidad era muy manifiesta. Por momentos una saliva blanca espumosa se le acumulaba alrededor de la boca y rechinaba los dientes.
Tenía necesidad de sostener siempre algo en una mano —un guante, un lápiz, un trozo de papel retorcido, etc.—, agitándolo constantemente.
Podemos decir que Jim tenía tres edades: la cronológica era de 9 años; la mental —calculada a través de su juego, dibujos, etc.— oscilaba entre 4 ó 5 años, y un desarrollo precoz de sus caracteres sexuales secundarios lo colocaba —según opinión del clínico— entre los 14 y los 16 años.
Jim tenía sólo un hermano, 3 años mayor que él.
El padre era asmático y sufría del corazón. La familia vivía pendiente de sus posibles ataques que se producían frente a pequeños inconvenientes