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Desde hace siglos son conocidas las propiedades alucinógenas de la mescalina* y la psiloeibina**. La ingestión del peyote y de “hongos mágicos” se realizaban con fines adivinatorios en rituales religiosos. Cuando incluían finalidades terapéuticas, el curandero, bajo la acción de la droga, obtenía el diagnóstico, pronóstico e indicaciones para el tratamiento de las enfermedades. “Es probable que estes drogas tuvieran desde hace mucho tiempo cierta reputación en el tratamiento de las enfermedades mentales, pero en general su acción era poco comprendida por los terapeutas razonables, que las consideraban con desconfianza” [1].
A mediados del siglo XX Moreau de Tours insistía sobre la utilización de ciertas drogas para explorar la personalidad. Destacaba el valor de la autoexperiencia por parte del psiquiatra, como una forma de adquirir conocimientos acerca de los fenómenos de la enfermedad mental. Desde entonces se realizaron investigaciones con haxix, éter, alcohol, cocaína. Freud en 1889 observó que la acción euforizante de la cocaína se debía a un sentimiento de omnipotencia que aparece gracias a la anulación de toda causa depresiva, habiendo una exaltación del sentimiento normal de bienestar [2].
A partir de 1895 comienzan a realizarse antoexperiencias con mescalina***. Routier en 1926, después de realizar experiencias personales considera a esta droga como un posible medio de investigación psicoanalítica. Pero el interés de los primeros trabajos sobre mescalina fué debido a la curiosidad provocada por su origen exótico y a las visiones fascinantes que producía. Esto dió lugar a estudios más bien literarios, que relataban experiencias personales. Beringer [3], en 1927, publicó un extenso estudio sobre los efectos de la mescalina. Mayer Gross 1930, Henry Hey 1930, experimentan con la droga.
En 1938 A. Stoll y A. Hoffmann sintetizan la dietilamida del ácido lisérgico. El LSD 25 es un producto sintético que proviene en último término del cornezuelo de centeno. Esta droga