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Describe el autor primero la organización del kibbutz —comunidad agrícola altamente mecanizada formada por una cantidad de miembros que oscilan entre 150 y 500, que viven en cottages, correspondiendo una habitación por pareja y que trabajan para la economía comunal, que provee todo lo necesario desde la alimentación hasta las actividades culturales. Hace notar luego que los niños viven desde el nacimiento en hogares cercanos a las casas de los miembros adultos, donde son atendidos por integrantes del kibbutz debidamente especializados.
El autor compara la educación en el kibbutz con la de los niños institucionalizados, destacando el papel fundamental que juega el marco familiar en el primero y la carencia de padre de los últimos. Al poner en relieve que éstos no pueden substituirse, hace notar que el kibbutz evita rasgos indeseables de la educación parental tradicional, causante, dice, de los muchos miles de neuróticos y psicóticos, minimizando la influencia negativa y aprovechando lo positivo al conservar fuertes los lazos de los niños con los padres. Para ello, después del trabajo diario y hasta la hora de acostarse, el niño es entregado a los padres. Pero como durante el resto del día y de la noche el niño está a cargo de la matrona-educadora especializada, la metapelet, quita en parte la responsabilidad de la educación del seno familiar y la convierte en la de la sociedad del kibbutz. Describe luego la estructura educacional del kibbutz en detalle, haciendo notar que hasta el destete la madre tiene un contacto directo y prolongado con el niño.