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Personalmente, me siento satisfecho y halagado por haberme correspondido —en esta ocasión— abrir este Symposium. Pero no puedo negar que experimento simultáneamente el peso de su responsabilidad.
Estamos hoy frente a una experiencia conocida y nueva a la vez. Es conocida porque constituye el sexto Symposium en nuestra historia a partir de la exitosa iniciativa del Dr. Garma, quien fué el gestor del primero de la serie con el de Cefaleas, y que se realiza con idéntico propósito de discutir un tema en común, profundizar y sacar conclusiones provechosas para todos nosotros. También le debemos al Dr. Garma la idea de tratar hoy el tema “Relaciones entre analistas”. Quizá la coincidencia vaya más allá, porque habría algo así como un retorno del primer tema puesto que un posible subtítulo para el Symposium de hoy podría ser el de “Dolores de cabeza entre analistas”, y ¿qué mejor que investigar su origen y analizarlos para superarlos?
Pero esto configura precisamente el aspecto nuevo de la experiencia. No se trata, esta vez, de enfocar al paciente, sus síntomas o los diferentes aspectos de la técnica. Hoy nuestra atención estará focalizada en nosotros mismos, tomándonos como objeto de estudio principal y específico procurando determinar la calidad y contenido de nuestras relaciones.
En mi conocimiento, es la primera vez que esto ocurre en la historia de los Congresos y Symposium psicoanalíticos y, por lo tanto debemos congratularnos por significar un gran mérito para la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Esta calidad de experiencia nueva en el campo de la investigación analítica justifica que dediquemos este Symposium como homenaje a la memoria de Freud; más aún, porque se ha cumplido, hace dos días —el 23 de setiembre— el vigésimo aniversario de su muerte. No dudamos del valor que él le hubiera otorgado, entre otras razones, por las propias vicisitudes que sufrió su relación con sus discípulos.
Pasando ahora directamente al tema, se ha argumentado que los diversos grupos ana