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Este trabajo tolera subtítulos como los siguientes: “El grupo ortodoxo y el hereje”, “El chivo emisario y la culpa pantalla”, “El héroe, el mártir y el traidor”.
La tesis que pretendo demostrar es que todo enjuiciamiento, en el seno de una sociedad secreta, por traición a las normas internas de la secta, encubre el enjuiciamiento que la asociación secreta hace de sí misma, por la culpa con que, consciente o inconscientemente, vive su propia oposición y rebeldía contra la comunidad en que se halla enquistada.
Para el planteo de este problema, establezco un paralelo con el origen de la tragedia griega, en cuyo esquema vislumbramos, como temática fundamental, las vicisitudes de la conflictual relación entre el coro y el héroe y su secreta dialéctica.
El hombre ve más de las cosas mismas, cuando ve más de su origen; porque su origen es parte de ellas y quizás su parte más importante.
La antigua tragedia griega nace de un esquema dramático previo, el ditirambo. Éste era, al comienzo, un ritual correspondiente a las fiestas dionisíacas que celebraban anualmente, en los pueblos de la antigua Grecia, el culto de Dioniso. Este culto conmemoraba la pasión, muerte y resurrección de una divinidad que, aún cuando opuesta a las divinidades aristocráticas del Olimpo, tenía profundo arraigo en el pueblo, que celebraba con manifestaciones exuberantes de religiosidad sus ritos sacramentales y sacrificiales. De uno de estos rituales nace el ditirambo que, antes de ser forma teatral o género dramático, consistió en un ceremonial religioso. A través de él se recordaba y revivía uno de los momentos culminantes