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Llamó notablemente mi atención en este último año el cambio de mi vivencia con respecto a las relaciones entre analistas. Esto coincidió con mi egreso de Seminarios y se refería tanto a las relaciones dentro del Instituto de Psicoanálisis como fuera de él.
Traté de comprender el motivo de este cambio y para ello recorrí la experiencia de los tres años pasados activamente dentro del Instituto, ya que durante este período la concurrencia a seis horas semanales de clase, la asistencia a la presentación de trabajos en las noches de los Martes como la existencia de Cursos y Congresos hacía especialmente intensivo el contacto entre candidatos y analistas. La lógica consecuencia de una tal convivencia debía ser entonces una mayor aproximación entre nosotros y una buena armonía en el aprendizaje y trabajo de equipo.
Muy a pesar mío debo reconocer que ha sido una época de muchas tensiones y bastantes dificultades.
El propósito de esta comunicación es esclarecer las razones que motivaron estos hechos, cosa que seguramente no haría públicamente de no mediar este Symposium, en el cual el propósito es comprender mejor lo que está sucediendo entre nosotros. Cuando en el título del trabajo me refiero a las relaciones entre analistas me refiero sobre todo, a aquellas objetivables en el seno del Instituto o de la Asociación e incluyo bajo la designación de analistas las relaciones entre candidatos, aunque sé perfectamente que estos dos términos no son sinónimos.
Al ingresar en el primer año de Seminarios llamó notablemente mi atención que a pesar de tratarse de un grupo homogéneo desde el punto de vista de la formación profesional (fuimos el primer grupo que debía llenar la condición de ser médico para iniciar la formación analítica) tardamos mucho tiempo en formar un grupo unido de trabajo capaz de mantener relaciones amistosas e intereses comunes fuera del estricto horario de clases.
En ningún otro grupo de posgraduados de los que había formado parte anteriormente había experimentado t