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Si bien el analista actúa a diario en ámbitos no analíticos y en diversas formas: en sociedad, en otros medios científicos, etc., su condición de tal, crea una serie de actitudes, vinculaciones y consecuencias que merecen alguna consideración en particular.
Se sabe que la presencia de un investigador, o mejor dicho de un “conocedor” del inconsciente, produce en el individuo la fantasía de hallarse ante un ser mágico que maneja con inmunidad, materiales que a él lo angustian y trata de reprimir. Por consiguiente, del analista se sospecha a la vez que se lo respeta y se lo teme.
Estas ansiedades despiertan diversas reacciones y técnicas defensivas aplicables a la presencia del analista en cualquier ambiente y todos estamos muy familiarizados con las mismas. Cada uno, por otra parte, tiene su batería personal de contratécnicas para defenderse.
Pero el aspecto que me interesa destacar en este trabajo, es entender en qué medida el analista contribuye a justificar estas actitudes aportando él, personalmente, con su conducta o como representante de su grupo, motivos para ello, y en qué medida las relaciones entre analistas determinan especiales reacciones y trastornos en el vínculo analista o grupo analítico con el medio.
¿Por qué en cuanto salimos de nuestro círculo, empezamos a sentir junto con un creciente interés y respeto del público hacia nuestra actividad, también un creciente y alarmante número de alusiones personales, de aclaraciones, de chismes, acerca de tal o cual analista? Se nos vuelve a informar oficiosamente de cosas que todos ya conocíamos y que debieran no ocurrir o por lo menos silenciarse.
¿Es esto sólo proyección de los demás? Y si no lo es, ¿qué ocurre?… ¿Y qué debemos hacer nosotros, analistas, cuando vienen a contarnos o preguntarnos estas cosas?
Creo que no deben bastarnos las interpretaciones que tienden en esencia a colocar en los demás la responsabilidad de nuestro comportamiento. Cabe hacer un auto-examen y un examen de las relaciones intragrupo, par