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Todos sabemos que el tema “Relaciones entre analistas” provocó ansiedad en muchos de nosotros, y conocemos también la interpretación general y cierta que trata de comprenderla: los hijos enfrentando las relaciones entre los padres, y las relaciones entre padres e hijos con todas sus vicisitudes amorosas y hostiles.
Se nos ocurrió pensar qué pasaba entre los analistas de niños y los analistas de adultos: es decir, hipotéticamente, entre los analistas que analizan a los hijos y los que analizan a los padres.
No hay duda de que existen problemas y varios. El grupo de analistas de niños es un grupo minoritario y, como tal, expuesto simultáneamente a la sobrevaloración y a la subestima.
¿Por qué esa mezcla de admiración, simpatía, pero también desvalorización con que la mayor parte de los analistas de adultos se dirigen hacia el analista de niños? Eso es fácilmente visible cada vez que se presenta un trabajo con material de niños: hay una cierta fascinación al escucharlo, y un dejo de superioridad mezclado con ¿envidia, tal vez?, en los comentarios que comienzan diciendo: “bueno, yo nunca traté niños, pero … etc.” Y, efectivamente, es un fenómeno bien conocido el escaso número de analistas que se dedican a niños.
Está ya pués planteado el primer problema: si el psicoanalista de adultos trata de ver y comprender al niño que con toda vida alienta dentro de cada uno, ¿por qué el niño real, con plena libertad de cuerpo y alma, provoca tal ausentismo?; ¿por qué, si todos admitimos el enorme aporte para la investigación que significa el análisis infantil, cada analista no dedica parte de sus horas a la atención de niños, ya que, por otra parte, hay suficientes niños que lo requieren?
Racionalizaciones no faltan, pero a través de ellas apuntan las angustias más profundas. Todos conocemos los frecuentes argumentos que justifican no tomar niños en análisis: se necesita un cuarto especial, molestan, se van en las vacaciones escolares, etc. y, más tímidamente, razones más valederas: “no