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Cuando nuestro grupo de estudio se reunió por primera vez para hablar sobre el Symposium, se notaba cierto clima de tensión y expectativa. Con medias palabras nos preguntábamos qué se podría decir sobre semejante tema, se escuchaban expresiones de duda y desconcierto, algunas bromas y, en general, nos sentíamos como cómplices en una empresa al margen de la ley.
Indudablemente, el anuncio de un symposium cuyo título es “Relaciones entre psicoanalistas”, despierta un cúmulo de reacciones muy particulares, distintas en intensidad y calidad de las que podrían surgir si el tema versara, pongamos por caso, sobre una entidad clínica cualquiera.
En nuestro grupo el impacto fué recibido de distintas maneras: vamos a enumerarlas a continuación y luego trataremos de buscar su común denominador y su porqué.
Dos integrantes del grupo declararon con gran énfasis que el Symposium no debía tener lugar ya que para que fuera exitoso se requería mostrar hechos y situaciones que implicaban todo lo criticable y rechazado en la actuación de ciertos analistas como tales. Esto equivalía a exhibir las intimidades y a personalizar, con el escándalo consiguiente.
Otro, en cambio, trajo la sugerencia de tabular las diferentes respuestas a los cuestionarios sobre el tema del Symposium y sacar conclusiones de tipo estadístico: con esto se evidenciaba su deseo de separar todo lo afectivo y encasillar los sentimientos en un intento de controlarlos y ponerles límites.
Hubo quienes se mantuvieron en silencio actuando como simples espectadores, mientras otros aceptaban la posibilidad de que se realizara el Symposium pero expresaban escepticismo en cuanto a sus resultados; para éstos daba lo mismo hacerlo o dejar de hacerlo: las cosas, de todas maneras, no se modificarían.
Uno de nosotros sugirió como tema para un trabajo del grupo el mismo que pocas semanas antes, en este mismo grupo, nos había comunicado un analista didáctico como tema para su propio trabajo.
Por último, algunos más optimistas, opinaron qu