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Antes de comenzar quiero hacer notar que esta comunicación, en su mayor parte será dicha en primera persona del singular, evitando en lo posible la primera persona del plural, para que toda la responsabilidad de lo que diga caiga sobre mí. Hecho que tal vez dé la impresión de cierta pedantería; acentuado esto, por la necesidad de sintetizar, debido al escaso tiempo, que además puede dar la impresión de querer dar sentencias, cosa que no está en el espíritu de esta exposición.
Procuraré ir directamente al tema de mi comunicación. Después de una depresión intensa con respecto a mis posibilidades terapéuticas y en la medida que pude ir introyectando una realidad externa más tranquilizadora progresó mi mundo interno y a su vez por proyección el mundo externo. Todo lo cual me llevó a buscar una solución a mis dificultades de poder curar del todo a mis pacientes, encontrándome con la psicología, uniendo de esta manera cuerpo y mente. Esto sería mi primer célula embrionaria de mi serie complementaria como candidato a psicoanalista, listo para pasar la prueba máxima; los nueve meses de embarazo o sea las 200 horas previas de análisis individual, exigidas para poder ingresar en el Instituto, no pudiendo además, considerar como un hecho consumado el que yo había de ser analista.
En este período como el embrión y el feto debía de recorrer la filogenia y la ontogenia de un psicoanalista para llegar a término y ponerme en contacto con la Asociación. Iba a sufrir mi trauma de nacimiento, con todas las ansiedades persecutorias inherentes al mismo.
El primer impacto fué tal cual un recién nacido: sentirme desnudo y hambriento de conocimientos, especialmente necesidad de mamar técnica, intensificado esto por la situación analítica de donde no podía recibir indicaciones en ese sentido. Por desgracia me encuentro que este medio ambiente me es inhóspito, puesto que, en vez de darme ropa y alimento para defenderme de toda la destrucción que sentía, desde el punto de vista antedicho, tanto