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El tema al que el Simposio nos invita no es, por cierto, fácil. Las dificultades son diversas. Ante todo, el planteo genérico —Relaciones entre los analistas— supone el probable riesgo de hacer afirmaciones generales que tienen que suscitar, necesariamente, ejemplos que limiten su alcance, como cuando uno se pone a describir psicológicamente a un grupo étnico para el cual, inmediatamente, surgen las abundantes excepciones que parecen invalidar la caracterización propuesta. Además, señalar algunas cosas resulta doblemente incómodo porque, aun analistas, no estamos exentos de ciertas reacciones profanas, y sobre todo se está proclive a pensar que quien las denuncia se sitúa como al margen de ellas, en límpida excepción.
Me interesó considerar si hay algo específico en las relaciones entre los analistas, aspectos que las distingan de las relaciones que se establecen en cualquier otro grupo humano, profesional o no. Pensé que la comparación que podía hacer con otros grupos —también de trabajadores intelectuales, en los que he participado— podría ayudarme en mi tarea, algo así como superponer sus respectivos contornos para ver en qué coinciden y qué los separa. Los grupos que me sirvieron para intentar el paralelo son una asociación de hombres dedicados a los estudios filosóficos y otra de hombres dedicados al quehacer literario. Inmediatamente surgió como común denominador lo que —creo— tiene que darse, obviamente, ahí donde un grupo humano se congrega: simpatías y diferencias y, como consecuencia, la formación de subgrupos y, por ende, adhesiones, rivalidades, envidias, tensiones, incomprensiones, en las que todas las diferencias personales actúan e influyen según el grado de su fuerza y originalidad. Nada, pues, de específico, aparentemente, en cuanto a los analistas; sin embargo, la línea que los representa ofrece un perfil más acusado y espeso, bastante parecida a la que corresponde al gremio literario. Y esta semejanza es, precisamente, lo que me llamó en especial l