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Empecemos por aceptar que cualquier labor realizada en la soledad no puede satisfacer por completo. Pensemos en nuestros pacientes: el pintor que no expone, el músico que guarda su armonía y el sonido de su instrumento para el hueco de su sala privada, el escritor que se ensimisma leyendo repetidamente lo que no se atreve a publicar; detectaríamos rápidamente el dolor de la frustración. No será necesario, sin embargo, que agucemos nuestro sentido analítico para el descubrimiento de este conflicto; posiblemente el paciente nos lo planteará rápidamente y es muy probable que al plantearlo lo presente como un problema vital. Crea imágenes, descubre colores, y debe exponer; esto que es cierto para él, con un inmediato sentido de la empatia es también cierto para nosotros.
Vayamos a lo nuestro. Una buena sesión con nuestros pacientes, la alegría cuando interpretaciones felices levantan resistencias y permiten al paciente una mayor integración, el triunfo que logramos a pesar de la obstinada fuga de nuestro paciente, luego de meses de perseverante búsqueda para disolver algunas de sus defensas y darle un poco de su anhelada libertad; las hipótesis y reflexiones que surgen a lo largo de nuestra labor de investigación …; ¿ nos conformamos con que todo esto adorne simplemente nuestro consultorio sin otras pretensiones? ¿O estamos distorsionando y negando una parte esencial de nuestra vocación?
Podrá alegarse que el paciente es ya nuestro objetivo y nuestro público y que nuestra labor trasciende a través de él y de su transformación; más aún, sabemos que no faltará aquel que opine que entre el pintor, el músico, el escritor y nosotros existe el enorme trecho que separa al artista del que no lo es; que nosotros somos simplemente profesionales y que en ese sentido la comunicación de nuestros hallazgos no es indispensable. Aceptamos con gusto la objeción porque nos parece que entonces, sin quererlo, nos habrán dado el arma para que nuestras afirmaciones puedan ser confirmadas.
Tomem