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La conducta humana tiene trascendencia por su calidad de patrón, o modelo que se repite en el tiempo bajo las mismas formas esenciales.
Se ha dicho que si los acontecimientos históricos, o las grandes producciones del pasado como las tragedias griegas o las obras de Shakespeare, despiertan en tan alto grado nuestro interés, es por la permanente actualidad de los conflictos que plantean.
El nombre de José, y hasta cierto punto, algunas de sus características tuvieron importancia en la vida de Freud. José quedó registrado en la tradición bíblica como primer “intérprete profesional” de sueños, si cabe la expresión. Fué precisamente su condición onirocrítica la que le permitió llegar a ocupar el cargo de primer ministro de la corte faraónica, según relata la tradición bíblica. Vale decir que, ubicándonos en el árbol genealógico del psicoanálisis, nos remontaríamos hasta José como el primer antecesor de los psicoanalistas. En algunas de las obras de Freud aparecen distintos pasajes con referencia al nombre de José con valor autobiográfico.
Pero quisiera mencionar, solamente a título anecdótico, que en una carta escrita en 1936 a Thomas Mann, de quien Freud fué gran amigo, a propósito de un comentario sobre su obra José y sus hermanos, le plantea la existencia de un personaje histórico para el cual la fantasía de José habría sido “el motor demoníaco oculto tras la compleja imagen de su vida”. Este personaje fué, según Freud, Napoleón. Segundo entre una multitud de hermanos, el que le precedía se llamaba precisamente José. En la familia corsa el primogénito solía ser respetado con gran veneración, siendo el hermano menor el rival por antonomasia. Eliminarlo y ocupar su lugar pudo haber sido el anhelo más poderoso de Napoleón. Pero, por lo que en análisis se denomina formación reactiva, el odiado rival se transformó en el ser más amado y protegido; aunque la agresión reprimida contra el hermano se desplazara a miles de otras víctimas anónimas. En otro plano, el joven Napoleón