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Tina, una linda mujer de unos treinta años, llegó a mí enviada por un colega que la había tratado con terapéuticas biológicas que fracasaron. Cuando entró en mi consultorio me dijo:
¿Puede pasar mamá, doctor?
¿Quién es la enferma?
Vaciló.
Bueno… yo.
Entonces pase usted.
Se sentó frente a mí echando miradas a la puerta e insistió: