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A partir de este número, y con carácter permanente, ofreceremos al lector una nueva sección cuyo propósito es contribuir a una más precisa delimitación semántica de la terminología psicoanalítica. Sus beneficiarios más inmediatos han de ser los mismos psicoanalistas que, en esta ya impostergable labor de confrontación de su vocabulario, tendrán la oportunidad de superar algunas discrepancias e incomprensiones que quizás reconocen su más lejano origen en la insidiosa confusión del lenguaje: el espectro de la torre de Babel se yergue amenazante ante toda disciplina científica que rehuya esta paciente y trabajosa tarea de definición de sus símbolos verbales.
Son, además, destinatarios de este intento de revisión de nuestro glosario psicoanalítico, aquellos investigadores de campos científicos limítrofes y aquellos lectores interesados en el desarrollo de las ciencias del hombre, que se ven de continuo trabados, en su comprensión de la vasta producción psicoanalítica actual, por dificultades nacidas más de la ambigüedad significativa de nuestro arsenal de palabras que de la complejidad de nuestro andamiaje teórico. No se nos escapa el carácter provisorio de esta labor de definición de nuestros instrumentos verbales. El diccionario de una ciencia no pretende momificar un sistema de conocimientos o fijarlos en una inmutable rigidez cadavérica. Antes bien, una disciplina científica es algo así como un organismo vivo, en continuo desarrollo y destinado a experimentar incesantes cambios, lo cual, en el plano del capital de vocablos con que se trabaja, implica un doble proceso: el de acuñar nuevas palabras para designar los nuevos hechos hasta ese momento ignorados, o las nuevas hipótesis en vías de elaboración; y el de retirar de la circulación aquellas otras palabras que el desuso o el abuso hayan tornado inadecuadas, ambiguas o confusas. Todo lo cual equivale a decir que, en último término, el real beneficiario de esta labor de revisión semántica será el propio psicoanálisi