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En este trabajo me ocuparé de todo lo relacionado con la curiosidad de una paciente claustrofóbia, y lo que de ahí se deriva: su mirar y su miopía; su exhibir y su ocultar; sus posibilidades de conocimiento del mundo externo y de sí misma.
Para ello tomaré aspectos del material de Claudia cuyo historial presenté en un trabajo anterior1.
La curiosidad de Claudia, que pude observar con caracteres similares en pacientes con núcleos fuertemente regresivos, me interesó tan específicamente porque se había constituído, en algunos períodos de su análisis, en una defensa que amenazaba paralizarlo.
Esto ocurría, en especial, cuando en la búsqueda de su satisfacción, la paciente rivalizaba conmigo, ya que, como es sabido, la escoptofilia es la pulsión instintiva que el analista satisface en mayor grado en su trabajo, si bien en forma sublimada.
Para empezar por el principio, quizá no esté de más recordar, que ya en el Paraíso Terrenal, Eva impulsada por su curiosidad (serpiente) “vió que el átrbol era bueno para comer, y era agradable a los ojos, y codiciable para alcanzar la sabiduría” … “y comió de su fruto y dio a su marido”… “y fueron abiertos los ojos de entrambos”… “conocieron el bien y el mal”… lo que les valió la pérdida del paraíso.
Y en los principios del psicoanálisis, Freud [5] habla del “instinto de saber”, que relacióna con la investigación de la vida sexual, y supone que el primer enigma que el niño necesita solucionar es la razón de la aparición de los hermanos, que amenazan sus condiciones de existencia. Y dice que esta investigación constituye el primer paso hacia la independencia, alejando al niño de las personas que lo rodean y gozaban de su confianza.