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Virtualmente todos los autores que han trabajado sobre la contratransferencia dicen inequívocamente que no debe ser tolerada ninguna forma de respuesta erótica hacia el paciente. Este énfasis permite suponer que la tentación en este terreno es muy grande y que posiblemente exista en todos los casos. El tema de este trabajo es justamente el amor que el analista siente hacia sus pacientes, amor que en determinada fase del tratamiento se manifiesta con componentes románticos y eróticos y por deseos de formar pareja con el paciente. Estos sentimientos, que surgen generalmente cerca de la finalización del tratamiento, se mantienen durante un período de meses y se resuelven recién después que el analista ha vivenciado la frustración, la ansiedad de la separación y la pena, relacionados con la pérdida de un objeto amado en el nivel genital-edípico. Esto significa que el analista debe resolver su contratransferencia de igual modo que el paciente debe resolver su transferencia: y para poder separarse de su analista en forma adulta esto es imprescindible.
Con el relato de un númeró de experiencias personales el autor ejemplifica el surgimiento en él de este tipo de fantasías eróticas, mostrando las diferentes maneras en que las enfrentó: desde su represión y rechazo por sentirse avergonzado por ellas, hasta su comprensión y aceptación como una parte normal y necesaria de todo tratamiento psicoanalítico y de toda situación edípica normal.
El amor edípico del analista hacia el paciente tiene, por lo menos, cuatro fuentes diferentes. La primera es la respuesta emocional a la transferencia del paciente —respuesta que se origina en la identificación con figuras parentales del mismo—; la segunda es la contratransferencia en el sentido clásico, que surge de los restos transferenciales no resueltos del analista; la tercera los componentes narcisistas del analista, que lo llevan a enamorarse de su obra en la manera que Pygmalion se enamoró de Galatea; y finalmente, la cuarta se basa en