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En el curso del análisis de un grupo de pacientes cuya característica común era la de haber padecido de uno o más episodios psicóticos, el autor observó un fenómeno transferencial correspondiente a una profunda regresión. Éste consistía en la percepción por parte del paciente de una completa fusión de su cuerpo con el del analista formando una masa amorfa e indiferenciada, fusión que se iniciaba a partir cualquier parte del cuerpo —ojo que se elongaba, brazo que crecía, porción de piel, etc.— para terminar con una sensación de indiferenciación, y de estar suspendido en un vacío sin emociones, sin placer ni displacer. La percepción de este estado era frecuentemente precedida por sensaciones térmicas, mareo, y alucinaciones táctiles y olfativas.
Esta regresión representa la reaparición de la vida del bebé, antes de que este bebé sea capaz de diferenciar su cuerpo del de su madre. Es en esta época en la que las sensaciones táctiles, térmicas, olfativas, y cenestésicas, tienen una gran importancia, ya que junto con las orales contribuyen a formar la realidad de las experiencias y relaciones de objeto del niño. Todas estas vivencias forman parte de la imagen corporal, y en condiciones normales es esta función cognoeitiva de la imagen corporal la que lleva finalmente a una integración y delimitación del yo: contiene el recuerdo de la “unidad” con el objeto madre que en etapas posteriores permite recurrir a ella aun en ausencia de la madre real, y finalmente formar el símbolo mental, el pensamiento, que la reemplace.
En todos los casos descriptos por el autor existían serias perturbaciones en la imagen corporal, de lo cual se deduce que en estos sujetos en sus momentos más regresivos reaparecía una forma de pensamiento muy primitivo, en lo que el símbolo mental era idéntico a la dinámica de la imagen corporal.