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Con algunos ejemplos extraídos de la historia, y de la mitología, el autor concluye que el toro simboliza en los distintos ritos al rey-padre. En el inconciente del hombre moderno este simbolismo perdura; el torear se ve en el material clínico como “una seducción del agresor” —un caso relatado suscintamente muestra como un paciente “toreaba” en la calle, induciendo a través de actitudes sospechosas la atención del policía para finalmente desarmarlo confesando su inocencia.
El significado profundo de la corrida de toros, es de carácter religioso, es una repetición de la Pasión en el sentido de que el inconciente del hombre dice al toro, representante de los instintos y de la fuerza animal “es culpa mía que me ataque”. El uso del nombre Verónica para una de las maniobras del toreo es una confirmación de esta interpretación.
En la tragedia clásica se ve la lucha del hijo triunfante con el padre-dios; al fin de la batalla el primero es aceptado por la madre eterna pero su abrazo es la muerte. En el drama cristiano lo que se ve es la re-edición de la victoria de Jesucristo, su muerte y resurrección en este sentido es la última tragedia, ya que con el sacrificio del hijo toda lucha posterior es innecesaria. La corrida de toros, y la danza de la muerte con la que a veces termina es una forma distorsionada de este tipo de drama, donde en un momento determinado se produce la unidad entre padre e hijo, vida y muerte, agresor y defensor.