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La parábola del hijo pródigo es utilizada para discutir ciertos aspectos que se planíean en las relaciones de padres e hijos. Una de las preguntas que se formula el autor es el porqué el padre aparentemente alentó la rebelión del hijo menor adelantándole la herencia, sin la cual no podría haberse independizado del dominio paterno.
Con este objeto recurre al estudio de las obras de Sófocles: Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona.
No apoya las explicaciones de Kanzer, cuando dice que el complejo es resuelto con Edipo en el exilio, al ser visto como padre viejo, próximo a la muerte, con sus impulsos instintivos declinados; o como hijo que pierde su rebeldía y se transforma en el hijo leal, renunciando a su competencia con el padre y a sus deseos incestuosos. En Teseo, rey de Atenas, estaría representado lo que “podría haber sido” la disolución ideal. Teseo es el hijo idealizado que espera su sucesión legal al trono, manteniendo un adecuado respeto a su padre en tanto éste vive.
Pone en tela de juicio la hipótesis del origen filogenético de dicho complejo. Los casos clínicos que el autor presenta, así como el análisis de la parábola acentúan en el autor la creencia que es posiblemente el padre quien origina el conflicto y que seguramente es quien interviene en la emergencia, grado y forma de cómo se resuelve el mismo. Cuestiona a Freud, dudando de que el complejo de Edipo quede resuelto haciéndolo consciente o bien por una adecuada represión. En vez de ver el complejo de Edipo como un acontecimiento específico limitado a una determinada etapa del desarrollo psicosexual la comprende mejor como una ola sinusoidal irregularmente recurrente, que vuelve a surgir de la represión, al menos parcialmente, en forma de derivativos durante períodos íntimamente relacionados con crisis de maduración y ambientales.