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Todo suicidio es —termine o no con la muerte— una actuación psicótica, implicando una exacerbación de ansiedades paranoides y tendencias masoquísticas. En este sentido, el suicida trata de alienarse para escapar así al castigo del perseguidor. Por lo mismo, el melancólico no se mata cuando está deprimido, sino cuando falla precisamente su defensa de autorreproches y no le queda otro recurso que apelar a una muerte mágica, más allá de la cual se pone a salvo de todo miedo. Y es que tanto en la melancolía como en el suicidio, las manifestaciones depresivas aparecen encubriendo una franca disociación esquizoparanoide.
Tres son las principales fantasías inconscientes que yacen tras el fenómeno del suicidio: 1) Agresión contra un objeto internalizado. El suicidio disimula y reemplaza en este caso a un homicidio, ya por venganza, celos o envidia, ya como ataque defensivo contra el perseguidor. 2) Culpa y castigo. Es claro que se trata de un autocastigo expiatorio, con el cual el suicida pretende adelantarse a un mal mayor que, por amenazar de afuera, no puede controlar. 3) Retorno al seno materno y renacimiento a un mundo ideal, el siempre anhelado paraíso perdido.