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En el verano de 1910 en Leyden, Holanda, ocurrió uno de los más conmovedores y dramáticos encuentros de nuestro tiempo. Fué el primero y el único de dos eminentes austríacos de prosapia judía, amibos nacidos en la zona montañosa entre Bohemia y Moravia, sólo con cuatro años de separación. Estos dos hombres eran Sigmund Freud y Gustav Mahler.
Mahler estaba enfermo. Su extraordinario intelecto se había quebrado bajo el peso de los conflictos modernos, pero su devoción por la verdad lo había guiado hacia quien podía ayudarlo. Su sesión psicoanalítica, la única, duró toda una tarde. A través de la correspondencia de Freud a Reik, dada a conocer por éste en un trabajo anterior y a través de la obra y los datos biográficos de Mahler, el autor trata de reconstruir el cuadro de su neurosis y de establecer sus motivaciones causales.
Su visita a Freud había sido necesaria porque su mujer se había rebelado contra el hecho de que él “hubiera retirado su libido de ella”. “En una expedición altamente interesante a través de la historia de su vida”, son palabras de Freud, “descubrimos sus condiciones personales para amar, especialmente su complejo de la Virgen María (fijación en la madre)”. Mahler mismo había delineado “la vida disociada del artista” condenado a una existencia doble y amenazado por la confusión de ambas. Inconscientemente se impuso el idealismo absoluto en su anhelo vital. En su apasionado deseo de alcanzar el ideal, descuidó el vivir como ser humano. No se permitió gozar del presente, de su mujer y de sus amigos, y rehuyó la compañía y otros placeres. Una gran crisis en su vida matrimonial fué necesaria para mostrarle que “en su concentración fanática” había descuidado a una parte de sí mismo.
Mahler creció en una atmósfera de muerte recurrente y de casi locura. Su madre cargada de inquietudes y achacosa era casi una lisiada con una lesión cardíaca evolutiva. Sin embargo su padre, de fuerte y exhuberante vitalidad, la forzó a criar doce hijos, mientras corría detrás