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En 1938 Alexander Wolf introdujo la sesión alternada en la psicoterapia de grupo. Los miembros del grupo se reúnen en casa de alguno de ellos sin la presencia del terapeuta, alternando con las sesiones regulares. No se les instruye para que continúen el proceso analítico, sin embargo, generalmente se convierte en una prolongación de la sesión regular.
Los autores señalan que las ventajas de la sesión alternada son: que facilita la interacción emocional de los pacientes en ausencia del analista; que da una oportunidad a los pacientes de ser ayudados por sus iguales o el poder asumir el rol del que ayuda; que permite la confrontación de la actuación del paciente en presencia y ausencia de la autoridad; que puede apurar el descubrimiento del material reprimido; que en ausencia del analista el paciente puede ser menos selectivo con respecto a lo que dice y actuar de una manera más sana o más patológica; que constituye una base de transición y una preparación para la terminación exitosa del tratamiento.
Dicen los autores que no permitir las sesiones alternadas, circunscribe el poder examinar las actitudes reales e ilusorias de los pacientes tanto entre sus iguales como con la autoridad; que el paciente se ve forzado a depender del terapeuta y se restringe la intercomunicación con sus iguales. La sesión alternada facilita la solución de los problemas con los iguales y con la autoridad y acentúa la intercomunicación más que la intracomunicación.
Luego los autores tratan de rebatir las diversas objeciones que se les ha hecho, entre las que se encuentran las siguientes: que la sesión alternada estimula el “acting out”; que los pacientes pueden agredirse o explotarse sexualmente; que el terapeuta abandona su responsabilidad por que no está físicamente presente; que la sesión alternada desdeña la autoridad; que la socialización que realizan los pacientes es una forma de resistencia; que se estimula el análisis silvestre. A todas estas críticas los autores oponen argumentos que si