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La gesticulación, como acompañante del lenguaje hablado, es un fenómeno universal; su función es la de reforzar o completar lo dicho con palabras. Sin embargo, es más intensa y necesaria en unas personas que en otras, y depende también del estado de su ánimo en determinado momento. Un gesto puede desempeñar una función de señal, por ejemplo cuando indicamos el camino a
alguien señalando la dirección con el dedo; muy distinto es el gesto con características omnipotentes y mágicas con el cual un orador descarta un problema de peso con un movimiento de su mano.
Durante la sesión analítica es posible observar en el paciente determinados gestos, con los brazos, piernas, o con todo el cuerpo. Cuando esto ocurre en momentos de gran tensión, es evidente que el gesto reemplaza al lenguaje verbal, es decir, trata de expresar lo que las palabras no pueden hacer en ese momento. Este fenómeno tiene toda la apariencia de ser de tipo regresivo, ya que el paciente recurre a una comunicación no verbal frente al fracaso de la palabra. Se trata de un modo de expresión más primitivo, relacionado con etapas anteriores a la del lenguaje hablado, y cercano a la respuesta “in toto” del niño pequeño, con difusión del área de respuesta.
El autor se plantea luego el problema del origen del lenguaje, y su desarrollo hasta llegar a ser una función altamente diferenciada. El lenguaje como expresión de pensamiento puede llegar a ser abstracto (por ejemplo el informe científico de un físico nuclear); cuanto más cargado de sentimiento esté, más frecuentes serán los gestos y más se acercará a la función de descarga motora que tuvo en una época primitiva. Finalmente, la frecuente utilización de la mano para realizar la gesticulación, está relacionada con la primitiva unidad boca-eje-mano, que en etapas posteriores de desarrollo se afloja, pero que en estados regresivos, como por ejemplo en la sesión analítica, la boca pierde su función de órgano de la palabra para volver a ser boca que grita o muerde,