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La fenomenología de la “Despersonalización” y de los estados afines (“desrealización”, “ya visto”, etc.) tal como se nos presenta a la observación, pueden reducirse a la vivencia única e irreductible en la que “el sujeto siente que un cambio inquietante se ha producido en él, en la forma o manera de percibirse él mismo (su propia identidad) o su propio cuerpo o bien el mundo exterior. La parte de nuestra personalidad que se da cuenta de ese cambio, no distingue si es verdaderamente el mundo el que se ha modificado (vivencia del eclipse o del temblor de tierra), o bien si es que los órganos de la percepción están alterados e incapaces de controlar el mundo”.
Las formas clínicas de presentación de los fenómenos de despersonalización son dos: una forma aguda en la que sobrevienen crisis muy angustiosas y que recuerda las crisis agudas de angustia y una forma crónica parecida a la depresión ligera.
Son múltiples y variadas las condiciones favorecedoras del desencadenamiento de los fenómenos propios de la despersonalización, aunque pueden reducirse a todo aquello que debilite la eficacia del aparato psíquico (fatiga, intoxicaciones, pérdida de objeto, etc.).
Las teorías propuestas para explicar los fenómenos de la despersonalización son numerosas y contradictorias, pero todas están de acuerdo en admitir y reconocer un trastorno del Yo.
Aparece aquí como necesaria una reconsideración de nuestros conceptos sobre la personalidad y sus partes: Ello, Yo y Superyo. Es de reconocer la necesidad de una revisión sobre la estructura interna de estas instancias psíquicas, así como lo oportuno de derivar del Yo otra instancia, distinta del Yo ideal, del ideal del Yo y del Superyo, denominada Yo autoconsciente o Yo superior, a quien se le reconocen las funciones siguientes: previsión del futuro, vigilancia activa, crítica de la realidad, síntesis, abstracción y lógica.
En la despersonalización hay una escisión del Yo; en una parte, el Yo autoconsciente que observa y reconoce los trastorno