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El autor comienza preguntándose que hay de común entre la maduración emocional del niño normal y la del paciente en tratamiento psicoanalítico, y refiere ambas a la relación del primero (niño-paciente) con un adulto maduro, capaz de relaciones objetales beneficiosas. El padre y el analista tienen, pues, en común, una madurez emocional que permite el crecimiento del hijo o paciente.
Pasa luego a indagar las características de esta madurez, y considera en primer término, la capacidad para hacer identificaciones empáticas con el sujeto. En los trabajos sobre contratransferencia de Gitelsdn, Benedek y Racker encuentra explicaciones acerca de las motivaciones inconscientes del analista, y las satisfacciones que deriva de su trabajo, homologando la actitud empática del analista —aparte ya de su labor interpretativa— a la del padre, que da al hijo