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En casos de niños emocionalmente perturbados, uno o ambos padres también lo están o lo estuvieron en su niñez y repiten con su hijo una relación dinámicamente similar a la que ellos vivenciaron en su pasado. Cuando un padre reclama ayuda terapéutica para su hijo, inconscientemente admite que es esa parte de sí mismo la que requiere asistencia.
Si la relación padre-hijo tiene el carácter de una simbiosis patológica, aunque necesaria para el precario equilibrio psíquico del padre, la intervención del terapeuta puede ser vivida como una amenaza.
En estos casos, se puede utilizar la interpretación de roles por parte del terapeuta, escogidos de acuerdo a las partes patológicas del padre que interfieren en el normal desarrollo del niño. El terapeuta, actuando como un padre simbólico, se ofrece a sí mismo como un modelo para la introyección e identificación, de modo de promover el desarrollo de un Yo cuyas funciones se hallan severamente limitadas.
Si el tratamiento es eficaz, el padre vive una experiencia emocional correctiva que puede repetir con su hijo.
En este trabajo se presentan dos casos tratados con esta técnica.