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Se ha afirmado que el problema de la identidad ha sido considerado tan estratégico en nuestros tiempos, como lo era el de la sexualidad en la época de Freud [1].
Entiendo que antes de entrar a desarrollar los distintos aspectos de este problema, sería conveniente empezar por algo así como una definición del concepto de identidad. Lamentablemente, cuando me propuse intentarlo, me encontré frente a una complejidad mayor de la que esperaba. Y debo confesar que, en los últimos trabajos en que me dediqué a investigar este tema —que por otra parte me resultó apasionante—, no pude llegar a definirlo de una manera satisfactoria. Otros autores y psicoanalistas que se ocuparon últimamente de este concepto tropezaron con la misma dificultad.
Uno de los motivos del porqué este propósito se ha convertido en tarea tan ardua, reside en las dudas que despierta la ubicación precisa de su concepto. Por un lado, parece pertenecer al campo psicológico y al de la psicopatología; por el otro, al de la sociología y al filosófico.
Sin embargo, procuraré resumir y encuadrar sus principales características de acuerdo a las ideas de algunos investigadores y a las mías propias.
Por de pronto se ha señalado que la identidad, en su alcance más amplio, debe ser comprendida como una expresión elástica y funcional más que como un término de significación absoluta [17]. La identidad estaría estrechamente ligada a la identificación, como veremos luego, ya sea como uno de los procesos internos del aparato psíquico, o como un acto por el cual se puede reconocer un objeto exterior animado o inanimado.
Algunos autores focalizaron su atención en el desarrollo de la primera imagen corporal. Lichenstein [17] señaló que las regiones del cuerpo más significativas en la comparación y el contraste para el establecimiento de un reconocimiento individual del yo corporal así como el de los demás, son el rostro y los genitales. M. J. Mahler [18], que estudió las perturbaciones de la identidad en los cuadros de autismo y