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Las vivencias del ser humano reconocen un doble origen: a) los estímulos que proceden de la realidad; b) los estímulos que proceden de (y traducen a) las fantasías inconscientes.
Por ejemplo: la vivencia cuyas manifestaciones más frecuentes son la voracidad y el deseo de incorporar el objeto a través de la boca —y cuyo pattern primario (de acuerdo a lo señalado por Freud y ampliamente desarrollado en sus diferentes implicaciones por Melanie Klein) parece haber sido el anhelo del niño en la lactancia frente al pecho materno— reconoce un doble origen: a) estímulos que proceden de los diferentes procesos metabólieos que condicionan el impulso a incorporar al alimento (y que en su resultante final designamos con la denominación genérica y convencional de instinto alimenticio) y que se traducen por el hambre; b) estímulos que proceden de una cierta actividad de la mente, de naturaleza inconsciente, la llamada fantasía inconsciente, y cuyo centro genético y dinámico es la angustia.
De la fantasía inconsciente, de aquello en que ésta esencialmente consiste, tenemos hoy una visión más nítida, en gran parte por las contribuciones que a su estudio y esclarecimiento han hecho Melanie Klein y su escuela, a partir de los dos descubrimientos de Freud, vale decir: la existencia de un sector o mejor de una actividad inconsciente de la mente, por una parte, y la importancia y universalidad de la vida de fantasía, por la otra.
La escuela inglesa, a través principalmente de Susan Isaacs, ha mostrado —como lo recuerda y formula Koolhaas— que “la que llamamos fantasía inconsciente no es una fantasía en el inconsciente sino el fantasear del inconsciente”. ¿A qué apunta todo eso? Mi punto de vista acerca del origen y formación de la fantasía inconsciente puede formularse así: los procesos vitales (biológicos y biográficos) —o sea las primeras experiencias de las que el individuo es protagonista— obedecen a una causalidad (en último