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El objetivo de este trabajo es mostrar la acción de los impulsos destructores y de la rivalidad que emana de una fuerte envidia en los intentos de actividad creadora. Siempre me pareció, a través de los estudios de la literatura psicoanalítica y de mi experiencia clínica —limitada por cierto— que la actividad creadora era una afirmación vital, y a veces, de gran vigor, ya que crear es dar vida, engendrar. Esto significa reconocer y dar más énfasis a la acción de los instintos vitales y colocar en un segundo plano a los instintos de muerte. Puede ser que impelido por mis propias emociones haya entendido este problema en forma parcial y que, en el fondo, este trabajo no sea más que para poner en evidencia ante mí mismo la acción a veces tan intensa de los impulsos destructores en la actividad creadora.
Citaré, a modo de ejemplo, para ilustrar este punto de vista algunas expresiones particulares. Un analizado, de profesión periodista, casado, 42 años, llega a la sesión del lunes y en el material que expone me dice que ese fin de semana tuvo en ciertos momentos deseos de escribir un cuento: el tema era que una muchacha aparecía asesinada. El diario destacaba al periodista para que averiguara datos sobre esta muerte ocurrida en condiciones extrañas. El periodista tenía un amigo que había conocido muy de cerca a la víctima. Este señor efectivamente le daba informaciones bien importantes sobre la causa de la muerte, pero, además le pedía que guardara el más estricto secreto y que sobre esa condición se lo contaba. El periodista asintió. Ésta es brevemente, parte de la trama. Consideré el relato con un sueño y pedí a Carlos asociaciones que condujeron a lo siguiente: la occisa representaba a una amiga que, en los últimos tiempos había salido con él y hacia quien sintió una fuerte inclinación amorosa. En un comienzo creyó estar enamorado. Después intervino la hija del paciente. Éste se amedrentó y Berta muy decepcionada y muy enojada lo rechazó. Carlos se sintió muy humillado