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En el desarrollo y profundización de la obra de Freud, M. Klein ha aportado el descubrimiento de la existencia de dos posiciones básicas que corresponden a dos modalidades distintas —aunque dinámicas y coexistentes— en que se organiza y se estructura la conducta: las posiciones esquizoparanoide y depresiva. A cada una de éstas posiciones corresponden ansiedades, objetos y defensas típicas.
En cuanto a la relación objetad en la posición esquizoparanoide —que se extiende durante los tres o cuatro primeros meses de vida— predomina la relación de objeto parcial mientras que en la posición depresiva la relación es con un objeto total. Es decir que, en la primera, las experiencias de gratificación y frustración son percibidas y mantenidas por separado como correspondientes a dos objetos totalmente distintos (bueno y malo).
El reconocimiento de estas dos posiciones no han hecho sin embargo que M. Klein incurriera en un esquematismo simplista, aportando ella misma elementos que permiten una indagación y una problematización de sus propias hipótesis. Así, no obstante postular que el mundo del niño se construye o integra a partir de elementos o experiencias aisladas entre sí (objetos parciales), afirma en su trabajo “Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del niño” (1952) que “hay fundamentos para suponer que en la mente del niño aún durante los tres o cuatro primeros meses de vida el objeto bueno y malo no se diferencian totalmente el uno del otro *. El pecho de la madre tanto en su aspecto bueno como malo parece fundirse para él con la presencia corporal de la madre y la relación con ella como persona se va construyendo gradualmente a partir de ese momento”1.
En la presente comunicación intento señalar, sucintamente, como el estudio de la transferencia en el análisis de psicóticos y el estudio de la simbiosis me ha llevado a dar gran importancia y validez a esta afirmación de M. Klein que ella no ha desarrollado sistemáticamente y cómo he llegado además a sugeri