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En 1905, en Tres ensayos y una teoría sexual, Freud asienta pilares fundamentales del desarrollo ulterior de la teoría psicoanalítica. Reconoce en los instintos cuatro caracteres fundamentales: fuente, fin, objeto y carga; de ellos, el objeto es el más independiente del instinto mismo y —al respecto— dice: “A la luz del psicoanálisis, aparece la elección originariamente independiente del sexo mismo y pudiendo recaer libremente sobre objetos masculinos y femeninos, esto es tal como se nos presenta en la infancia, en los estados primitivos y en los tiempos protohistóricos”. “En sentido psicoanalítico es también, por lo tanto, un problema necesitado de aclaración el interés sexual exclusivo del hombre por la mujer y no tan sólo algo natural, basado últimamente en una atracción química”.
Con este descubrimiento —la independencia del objeto con respecto al instinto— Freud da un gran paso en el terreno de la investigación psicológica incorporando como factor muy importante los sucesos de la vida del individuo —la experiencia de cada ser humano en el curso de su desarrollo— en el proceso de organización de la vida mental. Sin embargo, pese a este aporte fundamental, Freud basó más el desarrollo teórico en el decurso mismo del instinto que en las vicisitudes de la relación objetal. Es muy significativo lo que el mismo Freud escribe: “la máxima diferencia entre la vida erótica del mundo antiguo y la nuestra, está quizá en que los antiguos colocaban el acento tónico sobre el instinto mismo y nosotros en cambio, sobre su objeto. Los antiguos festejaban el instinto y estaban dispuestos a ennoblecer por él un objeto deleznable, mientras que nosotros desdeñamos la actividad sexual en sí y la disculpamos por los méritos del objeto”. En este mismo sentido, podemos decir que Freud revitalizó o actualizó en sus teorías la posición de los antiguos haciendo recaer la tónica de la importancia en el instinto mismo; así, el desarrollo del individuo es fundamentalmente estudiado en función