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El análisis de un paciente histérico que había padecido algunas veces estados confusionales agudos atrajo mi atención acerca de las relaciones entre la histeria y la confusión mental. El paciente había utilizado, como defensa contra la confusión mental aguda, mecanismos disociativos de tipo esquizo-paranoide. Es así que se había vuelto un agorafóbieo desde la temprana edad de 13 años. La agorafobia estaba obviamente destinada a evitar sus crisis confusionales y había sido una defensa bastante exitosa, hasta el punto que el enfermo sólo contadas veces había sufrido sus ataques agudos de confusión, por lo menos en su forma completa. Esto no impedía que viviera bajo el terror de la repetición de sus crisis confusionales.
El interés que despertaba en mí este paciente, manifiestamente histérico, estaba en relación con la presencia en él de fuertes mecanismos confusionales, que episódicamente y en forma paroxística, se habían exteriorizado algunas veces a través de verdaderos estados confusionales agudos. Me llevó a suponer, y es mi tesis en este trabajo, la existencia en él de un “núcleo” confusional que, en forma permanente, amenazaba al yo con su irrupción, y que había conducido al paciente, para defenderse de él, a estructurar la disociación agorafóbica. Mi preocupación se centró entonces en la investigación de este núcleo, su génesis y su relación con la personalidad global del enfermo. De ninguna manera creo haber agotado esta investigación, sino únicamente haberme aproximado a ella. Llegué así a la conclusión que este núcleo confusional estaba fundamentalmente constituido por objetos muertos proyectados y partes del yo en relación con ellos, así como con objetos y partes del yo vivos que el paciente no podía asimilar ni discriminar. No quiero decir que fueran éstos los únicos componentes del núcleo confusional, pero sí los esenciales.
Considero que el paciente había intentado destruir sus objetos malos y los había expulsado (defecado), y estos objetos en