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Las ideas de Melanie Klein provocaron desde el momento mismo que las propuso, muestras entusiastas de adhesión y expresiones terminantes de repudio. Los desacuerdos, en los aproximadamente treinta años transcurridos desde entonces, no cesaron, y hoy siguen siendo no pocos los psicoanalistas —algunos de ellos de indudable significación en nuestra disciplina— que mantienen, firmes, una actitud de crítica y de oposición. Creo, pues, oportuno que los organizadores de este Simposio hayan propuesto, entre los temas a considerar, las críticas que las ideas kleinianas suscitaron. Me propongo, por lo tanto, recordar prietamente —el tiempo concedido no permite un examen exhaustivo— algunas de esas críticas, porque más allá de los aportes que pueden —o podrán en el futuro— considerarse como sólidamente establecidos, en las tesis de Melanie Klein y sus discípulos, importa lo que entrañan de fermento y revisión de cuestiones fundamentales, obligando así a mantener vivo y actual un quehacer científico por definición inacabable.
Ya se sabe que en la Asociación Psicoanalítica Británica, durante un par de años, se realizaron reuniones destinadas a examinar las ideas de Melanie Klein, en las que se enfrentaron partidarios y opositores, con e1 resultado de la división en grupos que, hasta hoy, continúan convencidos firmemente de la validez de sus respectivos principios. Surgieron también réplicas y contrarréplicas entre algunos de sus miembros y los de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
El problema de la génesis de los conflictos psíquicos en la primera infancia [1] que Robert Walder, de Viena, presentó ante sus colegas de Londres, y donde examina críticamente los puntos de vista de Melanie Klein y Joan Rivière fué —por lo menos en parte— contestado por Susan Isaacs en La naturaleza de la evidencia acerca de la vida mental en los primeros años [2].
Las críticas apuntaron, desde el principio, no sólo a lo que Melanie Klein comunicaba como resultado de sus investigaciones sino también a