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Presentan los autores la experiencia recogida en el transcurso de 3.500 horas de terapia con pacientes portadores de neoplasias, destacando en primer lugar el beneficio derivado del hecho de que el paciente sienta que hay alguien que cree en él como para dedicarle su tiempo. Postulan que si la psicoterapia se centra en la fuerza y en las cualidades positivas del paciente, y en aquello que las ha inhibido, en lugar de enfatizar lo patológico, éste puede llegar a valorarse más y aceptarse mejor, como así también aceptar su destino. Al inquirir por la propia esencia, buscando y embarcándose en las relaciones y las actividades adecuadas para él, puede enfrentar mejor el temor a la muerte. Un concepto habitual, en psicoterapia, que no rige en estos casos, es el de preparar al paciente para el futuro, para una productividad a largo plazo. Aquí la importancia está centrada en lo que el sujeto es y hace durante el plazo que le resta vivir.
Estudian a continuación el problema desde el punto de vista del terapeuta, que en estas circunstancias no será un padre que ayuda a su hijo a crecer, sino que se enfrentará con su propia impotencia frente a la muerte, situación para la cual ¡no está preparado, por carecer del entrenamiento del cirujano o del médico clínico en tal sentido o de las defensas empleadas por éstos.
Finalmente, exponen el punto de vista del valor de testas terapias, y los beneficios que de ella se derivan, no solamente para el paciente, la investigación psicológica, etc., sino también para los familiares, que de este modo encuentran en él una actitud más humana, que les hace más llevadera la situación.
Raquel Soifer.