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Antes de proponer algunas reglas muy generales concernientes al tratamiento de la neurosis obsesiva, el autor traza a grandes rasgos el comportamiento del obsesivo en análisis y esboza una clasificación estructural. Se sabe que, clásicamente, las estructuras histéricas y obsesivas se oponen punto por punto. Es que en los dos casos considerados, intervienen no solamente defensas diferentes en la esencia misma, sino también la expresión de los conflictos y de los afectos se efectúan a niveles de tal manera alejados los unos de los otros, que se puede hablar en el obsesivo, de un lenguaje —si uno se atreve a decir— “cortical”; en el histérico de una especie de lenguaje “visceral”. Se sabe que Freud, desde hace mucho tiempo, había calificado la neurosis obsesiva de “religión individual”. Sin prejuzgar aquí de la naturaleza profunda del sentimiento religioso, el autor trata de mostrar cómo el paciente obsesivo busca conjurar el Dios-Padre-Analista con una “técnica” directamente derivada del pensamiento mágico obsesivo y de la omnipotencia de este pensamiento. La agresividad del paciente, trata de liberarse “disimuladamente” y sutilmente. La técnica indispensable para destruir las resistencias se desprende directamente de las nociones precedentes.
El analista que aplicara desde el principio de la cura e incluso ulteriormente la regla clásica, abriría la vía a una relación sadomasoquista, que conduciría a un análisis típicamente interminable.
Permanecer neutro y benévolo, cierto, nosotros lo debemos. Pero esta neutralidad no debe significar nunca frialdad, miedo, rigidez. El psicoanalista estará siempre en guardia para no dar demasiado, ni muy poco, se armará de coraje y paciencia, tentará en el curso de las sesiones de fundir el hielo de las barreras