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¿ Qué significa para un niño que el ser querido ha muerto? Sólo intentaremos en este corto trabajo hallar respuestas a esta pregunta sin entrar a considerar sus consecuencias, es decir, el proceso de elaboración del duelo.
Rank dice que para el niño “estar muerto”, equivale a “estar ausente”, “estar separado”, “estar desprendido”, identificando inconscientemente la muerte, con la separación inicial del nacimiento.
Según Freud, el niño tiene una representación negativa de la muerte: habla de personas fallecidas como si estuvieran temporariamente ausentes. Sostuvo que en el inconsciente no existe la idea de la muerte y las angustias de la infancia, están centradas sobre la angustia de castración.
Nathanson y Knudson, estudiaron un grupo de niños hospitalizados con dolencias mortales, y opinan que sus reacciones ante la situación podían describirse así: en los menores de tres años sólo se observaría angustia frente a la separación de sus madres, en los de tres a seis años temor a la mutilación por las operaciones u otros tratamientos a que eran sometidos por sus dolencias, y que expresarían su angustia de castración, y sólo en niños mayores habrían observado directamente temor a la muerte, pero sin explicitar qué significaba la muerte para ellos.
Bowlby, sin embargo, expresa que la observación de las respuestas de los niños a la pérdida de la madre, no difiere de lo observado en adultos frente a la pérdida de un objeto de amor, aunque las consecuencias ulteriores sean muy variables de acuerdo al momento en que esa pérdida se produce, la relación previa con el objeto, características del objeto, y el resto de sus experiencias vitales. La pérdida de la madre entre los seis meses y los tres a cuatro años, según Bowlby, es un acontecimiento de alto potencial patogénico, ya que piensa que el proceso de duelo puede tomar difícilmente un curso favorable a esta edad.
M. Klein define la angustia como el temor a la aniquilación, por la percepción de la actuación del instinto de muert