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Desde que el símbolo es una abstracción cuya función es operante en el área de las representaciones mentales aún en ausencia del objeto (lo que lo distingue de signo o de señal) surge de por sí la relación que existe entre símbolo y posición depresiva resuelta. A su vez esto último significa integración y síntesis de una serie de componentes: percepción temporal y espacial del objeto, percepción y evaluación del daño inferido al mismo (real o fantaseado), predominio de la culpa depresiva sobre la culpa persecutoria (en caso contrario predomina el miedo a la retaliación), y ejecución del acto reparatorio (fase motora).
Conspira contra esa secuencia y la síntesis de la misma, o sea contra el logro de una posición depresiva resuelta, la propia condición intrínseca del símbolo: la calidad de sustituto eficaz, en las representaciones mentales, de la presencia real del objeto. Esto implica que para que se conforme adecuadamente el símbolo debe haber existido un objeto en la realidad perceptual del individuo, que éste haya comprobado la calidad objetal de “presente y ausente”, y ya en pleno trabajo de elaboración de la posición depresiva, superar la privación (pérdida) del objeto; que como sabemos implica la reparación de los daños infrigidos a causa del odio emergente de aquella privación. Si la angustia proveniente de la incertidumbre que emerge de la etapa transicional de objeto real a símbolo, o sea la aceptación de la privación, resultara muy incrementada por factores que no consideraremos en este momento, el trabajo de simbolización puede verse distorsionado o detenido. En este caso entran a funcionar interjuegos psíquicos sobre las percepciones sensoriales del yo, cuyo resultado son las defensas que conocemos como negación, condensación, desplazamientos, o racionalización. Pensamos haberlos enumerado en un orden decreciente de gravedad como síntoma, o sea de lo más desintegrante y arcaico a lo más compatible a la evolución del sujeto.
La transición de este objeto real