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La teoría de los instintos ha constituído uno de los conceptos básicos en que se apoyó la investigación psicoanalítica prácticamente desde sus comienzos. Sin embargo, representó, a la vez, uno de los puntos que despertaron mayores controversias. El mismo Freud tuvo que revisar y modificar varias veces sus ideas con respecto a la naturaleza y calidad de los instintos aunque mantuvo siempre un enfoque dualista en relación a los mismos. En un primer momento, y apoyándose en la oposición existente entre el hambre y el amor distinguió las fuerzas instintivas en instintos de conservación e instintos sexuales. Más adelante, y de acuerdo a la doble función del individuo como individuo y como representante do la especie, estableció la diferencia entre instintos del Yo e instintos sexuales. Finalmente, en su ya clásico trabajo “Más allá del principio del placer” y sobre la base del material clínico aportado por los pacientes que sufrían de neurosis traumáticas, del juego de los niños con tendencia a repetir experiencias desagradables y de la típica “compulsión a la repetición” que muestran los pacientes en análisis, llegó a la conclusión de que existía un instinto de muerte oponiéndose al instinto de vida. Pero esta toma de posición dualista instintiva, basada en el antagonismo Eros-Tánatos, fué no sólo resistida sino además combatida en diversos sectores. En la literatura psicoanalítica pocos conceptos merecieron tantas discusiones como el de la teoría de los instintos, siendo abundantísimas las publicaciones referidas a este tema.
P. Heimann sugirió que la (teoría sobre el instinto de muerte intensificó el “golpe psicológico” señalado por Freud al mencionar que el descubrimiento de la existencia de procesos mentales inconscientes que el hombre no puede controlar había significado una gran herida para su narcisismo, equiparable al “golpe cósmico” determinado por las teorías de Copérnico, y al “golpe biológico” provocado por las ideas de Da