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Considero la fantasía de la metamorfosis como una fantasía existente en mayor o menor grado en todo ser humano y vinculada con situaciones muy tempranas.
La antropología nos ofrece un campo vastísimo para su investigación, campo en el que Freud en Totem y Tabú nos introduce; de la misma manera la mitología nos ofrece innúmeros ejemplos. Sin embargo mi estudio se refiere a nuestro campo inmediato de trabajo: la realidad cotidiana y clínica.
La fantasía de ser un bicho1 nos aparece en la clínica en grados extremos en el psicótico; en grados menores los neuróticos nos traen con frecuencia situaciones similares, y aún en nuestra vida cotidiana, la fantasía es repetidamente experimentada, por nosotros, como actores o como espectadores: ¿quién no ha soñado alguna vez que era un bicho? ¿Quién puede decir que no se ha sentido nunca, física o psíquicamente un bicho raro? ¿Quién no ha experimentado esta misma sensación frente a un tercero que se le aparecía de manera extraña 2?
Por otra parte es un recurso que la literatura emplea con generosidad, sobre todo la literatura infantil, las fábulas, los cuentos de hadas, y nuestra moderna literatura de historietas: véanse los personajes populares Mickey, Donald, Super Ratón y muchos más.
En la literatura para adultos generalmente el animal como héroe —me refiero al animal-hombre, a la metamorfosis que implica ubicar a un animal en situaciones humanas o viceversa—, suele dejar un sentimiento desagradable a la lectura, indefinido, siniestro3.