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(Relato oficial al XXIV Congreso de Psicoanalistas de Lenguas Latinas, París, 20-23 de julio 1963.)
Un médico, candidato a psicoanalista, mayor de 30 años y soltero, con síntomas orgánicos, me refería, en una de sus sesiones psicoanalíticas, su entrevista reciente con dos matrimonios con hijos y con una solterona agria, cuando empezó a temblar. Me interpretó su temblor como procedente de una descarga de adrenalina. Luego aparentemente se desinteresó de él y me pidió un vaso de agua.
Su temblor, que había interpretado mal, era una señal de angustia. Ésta provenía de una situación de peligro, percibida inconscientemente que tenía el contenido de que él iba a llegar a ser también un solterón agrio, a causa de sus inhibiciones genitales. Al igual de en otras ocasiones similares, cuando en la mencionada sesión psicoanalítica surgió dicha situación de peligro, inconscientemente creyó que yo le prohibía el pedirme apoyo para progresar genitalmente y para llegar a constituir un hogar. O sea que, psíquicamente castrado, se hizo a sí mismo una interpretación de su temblor de contenido puramente somático, en cierto modo castrada de su significado psíquico. Habiéndose maltratado así, buscó luego el consuelo regresivo oraldigestivo, sustituto pobre del genital, de pedirme y beber el vaso de agua, lo mismo que en otras ocasiones similares recurría al fumar, para aparentar ante los demás una genitalidad capaz.