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Freud fue el primero en relacionar ciertos rasgos de carácter y formas de conducta típicos de la mujer, y la relativa frecuencia de ciertos desvíos de la norma en la función sexual, con el hecho de que la mujer, en comparación con el hombre, tiene que recorrer un camino mucho más complejo en su desarrollo bio-psicológico. Freud tomó la bisexualidad como punto de partida para afirmar que la niña, en las primeras etapas de su desarrollo también tiene que atravesar una fase fálica. Esta fase está condenada fatalmente al fracaso y, por esta razón, la niña se ve frente a tres tareas a cumplir:
Modificar (y hasta invertir) sus tendencias fálico-propulsivas hasta entonces dominantes, transformándolas en receptivas y cambiando los objetivos activos por pasivos.
Transferir la zona erógena hasta entonces ubicada externamente en las regiones del clítoris y vestibular, hacia “dentro”, es decir, hacia el interior de la vagina.
Cambiar de compañero libidinoso; la madre (objeto femenino) por el padre (objeto masculino).