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Una de las cosas que más me impresionó en mi práctica psiquiátrica y en mi trabajo psicoanalítico posterior, fue el hecho, que en la actualidad está llegando a ser lugar común, de la modificación operada en los cuadros psicopatológicos que teníamos que estudiar y tratar, si los comparábamos no digo con los descriptos por los psiquiatras clásicos, un Kraepelin, Charcot o Magnan, sino con los pacientes descriptos por el mismo Freud. Es así cómo los cuadros tradicionales se han ido haciendo cada vez menos frecuentes, siendo substituidos por síndromes donde se imbrican y superponen distintas estructuras y mecanismos. Dentro de esta patología cada vez más polimorfa, donde conceptos antes tan contrapuestos, como neurosis y psicosis se confunden, perdiéndose sus límites respectivos, los cuadros denominados “estados bordeline” (fronterizos) suscitan un interés creciente en el pensamiento psiquiátrico y sobre todo en la clínica e investigación psicoanalítica de los últimos años. La importancia que se concede en la actualidad a estos cuadros puede inferirse de esta serie de hechos: la American Psychonalytic Association dedicó un panel íntegro a este tema en 1954; en París durante el Congreso Psicoanalítico del año 1957 se realizó un panel sobre el mismo tema, con el título de “Distorsiones del Yo”; en el American Handbock of Psychiatry editado por S. Arietti (el más completo texto de Psiquiatría con enfoque psicoanalítico editado hasta el presente) figura un capítulo íntegro, redactado por Melitta Schmideberg con el título de “El Paciente Borderlino”; cada uno de los últimos números del International Journal of Psycho-Analysis tiene uno o más artículos dedicados al tema o donde aparece éste de manera prominente.
La importancia pues, del borderline en la psicopatología actual es creciente. y este hecho creo que está muy bien resumido por Frederich Hacker en su artículo sobre “La función discriminatoria del yo” en el International Journal of Psyeho-Analysis de Noviembre-Diciembr