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El ser humano juega. Quizás el animal también, aun cuando el juego, en lo que tiene de específico, parece ser una actividad ligada a la condición humana.
El jugar del hombre —tan ubicuo en el tiempo que invade aún sus actividades más “serias” como el trabajo, la investigación científica, la creación artística, la política y las guerras —ya no puede ser soslayado como tema y problema de central importancia en la dilucidación del comportamiento. Comprender la actividad lúdica es requisito fundamental para comprender motivación e intencionalidad de la conducta en general, el por qué y el para qué de cada uno de sus actos, en lo que tienen de explicitación de su vida interior, en especial de su mundo de fantasías inconscientes. No sin razón el historiador Huizinga señala en su obra “Homo ludens” al juego como el origen y motor del proceso civilizador que libera al hombre de la cárcel de su primaria condición biológica.
Superado ya el prejuicio de la dicotomía entre juego y trabajo como actividades correspondientes a períodos diferentes y aún opuestos en la evolución del ser —vale decir infancia y adultez— sólo recordaré la tesis de Spencer —el juego es una dramatizatión de la actividad del adulto—. Y señalaré el riesgo de dos errores en que se puede incurrir al oponer, en una artificiosa polarización, actividades mancomunadas por una raíz unitaria; la actividad de juego del niño y la actividad “seria” del adulto, más respetuosa del juicio de realidad y más disciplinada por las normas del pensamiento lógico. Lo acertado en la tesis de Spencer es el aspecto meramente descriptivo. Es cierto, los niños en sus juegos copian, imitan las actividades serias de los adultos. Pero esto —que el psicoanálisis nos enseña a reconocer como la resultante de un proceso de identificación introyectiva— no es más que el modo al que recurren para la expresión de fantasías necesitadas de descarga, de comunicación, de elaboración.
Más seductora, para un psicoanalista, parece la tesis opuesta a la