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Hace algún tiempo, dos niñas de 5 y 3 años de edad, pasaron quince días con nosotros. Una tarde llevamos a la mayor, Susan, a ver la pantomima Cenicienta. Por supuesto, ya conocía el cuento por sus libros. Su mayor interés estaba centrado, evidentemente, en la aparición del hermoso vestido de la Cenicienta y en la escena en la que ésta pierde uno de sus zapatitos. A pesar de que durante la función preguntó una y otra vez cuando aparecerían estas dos escenas, seguía la acción en el escenario con vivo interés y un gran placer. Definitivamente, toda la salida era un éxito.
Al llegar a casa después de la función, siguió la rutina habitual de irse a la cama. Como Susan y yo somos buenos amigos, la rutina incluye un intermedio: después de tomar un baño, ella viene, en pijama y bata, a mi habitación para charlar, jugar y discutir en general los asuntos del día. Esta noche particular pidió algo de música, porque quería bailar. Debo agregar aquí que Susan, como muchas otras niñas de su edad, había recibido lecciones de baile en el jardín de infantes. Por supuesto accedí y comenzó a bailar. Pronto se despojó de su bata y era evidente que —como era de esperar— estaba tratando de representar a la Cenicienta, con los medios a su alcance. En la cumbre de su actuación perdió sus zapatitos —no sólo uno, sino los dos— y todo concluyó en una danza triunfal.
Al día siguiente, no siendo ya tan tarde como la noche anterior, las dos niñas llegaron juntas para su habitual tête-á-tête conmigo. La mayor pidió música y en líneas generales se repitió una vez; más la actuación de la noche anterior. Por supuesto, la menor, Judith, de 3 años, trataba de imitar en todo a su hermana, lo que logró hacer bastante bien, aunque, naturalmente, con medios aun más primitivos. Esa noche creí conveniente decirle a Susan que yo me daba cuenta de que ella era la Cenicienta, cosa que admitió con una sonrisa radiante pero un poco avergonzada.
La tercera noche, la música fue pedida como si fuera algo habitual, y l