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Denn wir sind nur die Schale und das Blatt.
Der grosse Tod, den jeder in sich hat,
das ist die Frucht, um die sich alies dreht.*
Un hecho que llama la atención es que el tema de la muerte sea tan poco considerado en psicoanálisis y en consecuencia son muy escasas las referencias bibliográficas sobre el mismo. Han sido publicados, tanto aquí como en el exterior, numerosos trabajos psicoanalíticos sobre el instinto de muerte y sobre la elaboración del duelo: es decir sobre la tendencia hacia la muerte y sobre el alejamiento de ella. Entre nosotros encontramos también algunos trabajos aplicados a la literatura [García Reinoso (15), Bisi (5)] y estudios sobre enfermos psicosomáticos que se enfrentan con la proximidad de la muerte [Luchina y Aizemberg (21)] pero en estos últimos el enfoque es más psicoterapéutico que psicoanalítico ya que se trata en general de casos de urgencia que dejan poco tiempo para actuar. Además, los enfermos psicosomáticos son considerados casos excepcionales para el psicoanálisis y, por consiguiente, la muerte —como algo que forma parte de la vida de todo ser humano— ha sido enfocada apenas como problema en sí. Es probable que la preferencia de los psicoanalistas hacia la investigación respecto al instinto de muerte o la elaboración del duelo se deba a que ambos temas son enfoques dinámicos de algo que deviene tanto en sentido destructivo como en sentido constructivo, pero que de todas maneras significa esencialmente movimiento y el movimiento —mientras dure— es vida. En cambio la muerte es estática e irreversible y ante ella nuestro narcisismo sufre y nuestra omnipotencia se estrella. El instinto de muerte y el duelo son estados pasibles de ser modificados por nosotros como terapeutas pero no así la muerte misma y he notado que en las escasas referencias al tema existe una marcada tendencia a alejarse del concepto terapéutico-psicoanalítico y a trascender hacia la filosofía. Esto se explica en cuanto los