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Al comienzo de la era cristiana terminaban por fracasar totalmente en Palestina las revueltas reales judías contra la dominación romana. En parte se habían ya refugiado en puras fantasías religiosas, escatológicas de liberación. Profetizaban la destrucción de la organización social de entonces y su sustitución por una mejor, en que “los pobres serían bienaventurados” por obra de un hombre que, a través de sus sufrimientos, llegaría a ser adoptado por Dios como su hijo. Th. Reik lo interpreta como proveniente de deseos de triunfo revolucionario de los sometidos sobre sus gobernantes, que serían eliminados con la ascensión de uno de aquellos al poder.
Erich Fromm insiste en cómo las condiciones sociales del imperio romano y la extensión a clases pudientes del cristianismo disminuyeron el ímpetu revolucionario de los primitivos cristianos. Con ello ocurrieron transformaciones con contenidos religiosos. La doctrina cristiana primitiva de un hombre, Jesús, alcanzó a ser adoptado por Dios como hijo suyo, se cambió en que él había sido Dios e igual a. Dios padre ya desde la eternidad. Por lo tanto que la revolución social, prevista por los cristianos primitivos para el futuro, había ya ocurrido en el pasado, porque el hombre ya había sido redimido con la Pegada a la tierra de alguien que es hijo de Dios y que era de la misma sustancia divina que su padre.
En el concilio de Nicaea del año 325, triunfó definitivamente la tesis conservadora contrarrevolucionaria. Lo que tuvo su expresión concreta en la aceptación de la tesis de Atanasio del “Homoousios to Patri”, es decir de considerar a Jesús Cristo como siendo de la “misma sustancia” que Dios padre, en contra de la tesis de Ario, que era la de “homoiousios” o sea de “sustancia similar”, pero distinta. Siguiendo mecanismos sucesivos, un antagonismo profundo entre tendencias inconscientes de sumisión o emancipación se desplazó al enfrentamiento de dos palabras, las que se diferenciaban entre sí solamente por el pequeño detalle