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El autor trata de demostrar que la presencia de colores en sueños es mucho más frecuente de lo que se cree habitualmente; “que lo que se sueña es mucho más de lo que se recuerda, que lo que se recuerda es mucho más de lo que se cuenta, y que lo que se cuenta es mucho más de lo que se concibe adecuadamente por el que escucha el relato”. Por lo tanto, que a consecuencia de todos estos procesos el color desaparece de los relatos que los psicoanalistas hacen de los sueños de sus psicoanalizados. Son “preconcepciones que el soñar es enteramente o casi enteramente visual, que la experiencia visual en el soñar es generalmente sin colores”. “Si no hay recuerdos de colores en el sueño es porque se lo considera como existente y sencillamente no se dirige la atención hacia él, ni se percibe su presencia”. Según el autor, es como si del hecho de que los individuos “que relatan sus sueños no mencionen que sus personajes oníricos tienen ojos se dedujese que en los sueños las personas suelen carecer habitualmente de este órgano.
El autor busca confirmación de su tesis indagando los soñantes, con lo cual penetra en el contenido asociativo detrás del contenido onírico manifiesto, encontrando en él colores, como es lógico esperar. En este sentido hablaría también la afirmación de Freud de que los dibujos de sueños constituyen algo intermedio entre el sueño manifiesto y los pensamientos latentes. Preguntar a un individuo sobre su sueño en cierto modo corresponde a hacérselo dibujar.
Al autor se le podría objetar que aunque fuese cierto lo que él señala de la existencia de los colores en la mayoría de los sueños, habría que explicar