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Los individuos que sermonean o regañan son frecuentemente débiles, inseguros y temerosos. Su sermoneo disfraza el sentimiento de debilidad y provee una ilusión de poder y superioridad. Presentan un “resentimiento por injurias negativas”, con tono de queja y resentimiento, que llega al enojo. Con el reproche al
otro de no vivir a la altura de principios de buena conducta. Encuentran culpas ajenas para disimular las propias. Presenta tres ejemplos donde son aparentes la proyección, negación y racionalización. Estas personas educan niños que desprecian la autoridad ya que reconocen la contradicción entre las palabras y los hechos. Encuentran faltas para implicar la propia perfección. Puede servir también para manipulear a los otros. El sentimiento de debilidad y la incumplida exigencia de perfección les otorgan un exagerado temor a las críticas, que los inmoviliza. Rechazan todo “compromiso” y llegan al “quietismo” en el sentido sartriano. El sermoneador y el sermoneado constituyen una pareja complementaria y difícilmene se separan; sería el aspecto ‘transaccional” del regañar. El regañado es paciente, tolerante y aguantador, prefiere agradar a discutir y su culpa es fácilmente despertada. En la solución terapéutica hay reconocimiento del carácter de regañón, de la debilidad involucrada y el deseo de poder y superioridad. Con el progreso y el cambio de la personalidad comprende el carácter proyectivo y se hace menos resentido y vengativo y termina “comprometiéndose” positiva en lugar de negativamente.
Hugo Rosarios